Lectio Divina: Domingo XIII del Tiempo Ordinario – 02 de Julio


I. PREPARÉMONOS PARA EL ENCUENTRO CON EL SEÑOR:

Oración Inicial:

Iniciamos el encuentro con el Señor, orando con el Salmo 62, 2-9.

 

Antífona

R/. Aquel día los montes destilarán dulzura y las colinas manarán leche y miel. Aleluya.

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré de manjares exquisitos, y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene.

 

Invocación al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo

ilumina mi mente, abre mi corazón

para encontrar en tu Palabra

a Cristo, Camino, Verdad y Vida.

Ayúdame a ser para todos en el mundo

un enviado del Señor,

un hermano y un amigo,

un discípulo misionero,

del Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Amén.


II. OREMOS CON LA PALABRA DE DIOS:

 

LECTURA (Lectio): ¿Qué dice la Palabra? Jesús expone sus condiciones a quienes quieren seguirlo y ser dignos de Él.

Texto bíblico: Mt 10, 37-42

 

MEDITACIÓN (Meditatio): ¿Qué me dice la Palabra? ¿Somos capaces de aceptar las consecuencias del seguimiento del Señor? ¿Confiamos en que Jesús nos acompañará en el camino que nos propone y las pruebas que este supone?

 

ORACIÓN (Oratio): ¿Qué le digo a Dios con esta Palabra? Pidamos al Señor el apoyo de su gracia para que, junto a nuestros hermanos podamos seguirlo y anunciarlo con alegría.

 

CONTEMPLACIÓN (Contemplatio): Gusta a Dios internamente en tu corazón.

Recibir a Jesús significa recibir al que lo envió y vivir con la esperanza de alcanzar su plenitud.


III. PROFUNDICEMOS CON LOS PADRES DE LA IGLESIA

Pablo VI, Homilía pronunciada en Manila 29 noviembre 1970.

PREDICAMOS A CRISTO HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA.

¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Yo soy apóstol y testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuanto más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia nos apremia el amor. Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros.

Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad.

Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, y la verdad, y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos.

Éste es Jesucristo, de quien ya habéis oído hablar, al cual muchos de vosotros ya pertenecéis, por vuestra condición de cristianos. A vosotros, pues, cristianos, os repito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico.

¡Jesucristo! Recordadlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos.


Padre nuestro


Oración

Dios nuestro, que quisiste hacernos hijos de la luz por la adopción de la gracia, concédenos que no seamos envueltos por las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

 

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